CAPITULO XXV: Varios días después
Tomando café con Nery, René averigua que su verdadero nombre es Henrietta, lo cual la pone en relación con la inicial que aparece al final de la nota que encontró. ¿Será cierta la pista que aporta la chica al detective? Ahora ya no es solo Mónica quien puede tener algo que ver en la muerte de Oscar.
Elia Alcalá, acodada en la mesa, hacía memoria.
Las horas posteriores al asesinato le habían causado mucho estrés. La policía les estaba interrogando a todos acerca de lo que habían visto. El cuerpo de un chaval de apenas dieciocho años estaba apuñalado delante del vestuario de la piscina. Apuñalado por el punzón para el pelo de Emma Valverde. En esos momentos, a Elia se le hacía aún difícil de aceptar lo que había sucedido.
El momento más duro para ella, sin embargo, fue despertar a Raúl y darle la noticia de la muerte de su amigo. Ella, que siempre había presumido de ser una chica arrojada y valiente, se veía sin recursos cuando tuvo que comunicarle a su hermano la violenta muerte de uno de sus amigos.
Elia le hizo daño a su hermano, pero pensó que Raúl se iba a reponer pronto.
Mas todo lo contrario. A lo largo de los días, su hermano estaba más irritable, más nervioso, con unos cambios de humor imprevisibles.
Elia Alcalá, la responsable, la decidida, la de más seguridad… estaba muy preocupada por su hermano pequeño.
Incluso, se había llegado a plantear si tal vez su hermano…
- ¿Qué te ocurre?
De un golpe, Elia bajó de las nubes. La voz que escuchaba era de Alejandro, estaba frente a ella, sentado en una de las mesas de estudio de la biblioteca. Estaba en la facultad, estudiando para los exámenes.
Había pasado ya casi una semana desde el asesinato de La Boreal.
- Estaba pensando en mi hermano, Alex. Está muy raro…
- ¿Desde la muerte de su amigo?
- Sí.
Elia estaba cabizbaja, algo deprimida. Alejandro Sabatini intentó animarla con un par de bromas, pero lo único que consiguió fueron unas sonrisas que apenas duraron segundos.
- ¿No sabes por qué está así Raúl?
- No –respondió Elia apenada.
- ¿Por qué no pruebas a preguntárselo?
- Mi imagino lo que es. Aún no se ha avanzado en la investigación. La policía sigue tras la pista, pero aún no han encontrado al que mató a Oscar, y todo esto es tan molesto…
Alejandro estaba tan contrariado como su amiga Elia, pero él confiaba en René Legraine. Tenía una seguridad ciega, basada en que había confiado el caso al mejor. Su amigo francés se acababa tomando cada asunto como algo personal, y tenía demasiado orgullo como para abandonar tan fácilmente.
Era jueves, y la facultad donde estudiaban Elia y Alejandro estaba llena de gente, a pesar de que eran aún las nueve de la mañana. Todos ellos eran estudiantes que venían a preparar sus exámenes. El ruido, en cada una de las salas, era el estrictamente necesario, de modo que la conversación entre los dos amigos se desarrollaba con susurros.
René y Alejandro habían quedado unas cuantas veces al volver de Motril. Desgraciadamente, juntos no habían llegado aún a ninguna conclusión que ayudara a esclarecer el misterio.
El teniente Legraine, el tío de René, se dedicaba aún a la pista del pedazo de papel, pero aún no les había llevado a nada concreto.
Habían investigado también cada uno de los chantajes que mantenía Oscar Zazo, pero las víctimas no se encontraban cerca de La Boreal, y sus coartadas eran sólidas.
Todo señalaba, por tanto, al socio del traficante de drogas Roberto Blanco.
Sin embargo, no era fácil seguir esos indicios. Roberto tenía muy pocos aunque buenos amigos. Cada uno de ellos fue investigado por la policía, demostrándose al final que ninguno de ellos era ese misterioso asociado en el mundo de la droga. Además, como si se tratase de un pacto de silencio firmado por todos y cada uno de ellos, ninguno de esos amigos sabía la identidad de la persona a la que buscaban.
Por lo que se refiere a Onnyx, la búsqueda efectuada por Emma Valverde, investigando el camino que antes había recorrido Oscar Zazo, aún no había llevado a conseguir una respuesta. Sin embargo, tanto ella como C-97 confiaban en que fuese cuestión de días. Poco a poco, su investigación iba avanzando.
Enrique Valverde volvió a sus asuntos, aunque seguía guardando la esperanza de encontrarse de nuevo con Mónica Sanseverato.
Ella, por su parte, tuvo la tentación de llamar un par de veces a René Legraine, pero acabó por abandonar la idea por orgullo femenino.
Christian Bayo continuó con su trabajo, a pesar de que no se podía quitar de la cabeza las extrañas sospechas que albergaba en su interior.
Una tarde, Christian le había preguntado a Emma, después de hacer el amor, qué era lo que opinaba en realidad de la muerte de Zazo.
- Cariño, ese chico se lo buscó
- ¿Cómo dices? –Preguntó el chico, algo asustado por la actitud desafiante de su novia.
- ¡Que se lo merecía! ¡Se lo tuvo buscado! No se dedicaba a hacer cosas honradas, ¿sabes? Ese chaval jugó con fuego, y no sólo se quemó, sino que, ya ves, salió de La Boreal con los pies por delante.
Estaba claro que Emma sabía algo que él no sabía.
Christian estaba bastante acostumbrado al misterio que solía guardar su novia, y a la intimidad que continuamente le pedía que respetase. Había optado por aceptar conforme algunos secretos que le guardaba, y que no estaba dispuesta a desvelar. Le dio su palabra de que no se trataban de negocios sucios ni peligroso, y él la creyó.
Sin embargo, Chris estaba muy preocupado. Alguien había muerto en la casa alquilada por la familia de su novia, ella parecía saber mucho del asunto, e incluso celebraba la muerte de Oscar Zazo.
¿Pero realmente Emma Valverde, su novia intuitiva y terca, una de las chicas más responsables que conocía, podía tratarse de una asesina a sangre fría?
El tema, como poco, le preocupaba.
Ajenos a este problema, los dos estudiantes seguían empleándose a fondo en la biblioteca.
La mañana se les pasó entre apuntes, fotocopias, esquemas, renglones subrayados… dura vida la del estudiante.
Como descanso, los dos amigos bajaron al centro de la ciudad, para comer en una pizzería frecuentada por jóvenes estudiantes universitarios como ellos.
Olvidándose del agobio motivado por los exámenes y la inquietud causada por la muerte de Oscar, aún sin resolver, Alejandro y Elia estuvieron comiendo hasta hartarse, entre bromas y risas.
Caminaban a la parada cuando se produjo un encuentro casual:
- ¡Alejandro! –Exclamó Fernando.
El aludido no tuvo más remedio que tenerse, devolver el saludo y extender la mano.
La conversación fue breve y evasiva por parte de un Alejandro más que molesto. Procuró mostrarse educado, pero aún así, dejaba entrever el rechazo que le producía la situación.
Para contrarrestar, Elia procuró mostrarse amable y saludar a Fernando con simpatía. Aunque el chico lo agradeció, después de despedirse de ellos, bajando la calle, lamentó la actitud que Alejandro había demostrado.
La pareja de amigos estuvo un rato callada, sin pronunciar palabra.
Alejandro andaba a paso rápido, con la mirada clavada en el suelo y los labios apretados. Elia, a su lado, procuraba seguir su ritmo, sin saber exactamente qué decir.
Antes de llegar a la facultad, un segundo encuentro casual, mucho más afortunado, tuvo lugar. Esta vez fue Alejandro quien se dio cuenta con quién se cruzaba.
- ¡Hola René! –Exclamó.
- Hola Alejandro.
René miró discretamente, de soslayo, la acompañante de Alejandro. Morena, de rostro atractivo y bronceado, y ojos negros, cuerpo exuberante… ella misma se presentó.
- Hola, yo soy Elia Alcalá.
- ¡Oh! –La sorpresa en el joven detective fue evidente- Eres la chica que invitó a Alejandro a La Boreal, ¿no?
Después de que Elia lo confirmara, se produjo una pausa un tanto absurda. El amigo de René, debido a su reciente encuentro con su ex, no tenía ganas de hablar. La mayor de los Alcalá observaba con interés al tan famoso René Legraine, Alejandro ya le había hablado bastante de él. El francés estuvo esperando la reacción de la pareja ante su encuentro.
Como no se produjo ninguna despedida, él mismo les invitó a tomar café. Debido a que ninguno de los dos tenía muchas ganas de ponerse al momento a volver a estudiar, aceptaron la invitación. Entraron a una cafetería cercana al casual encuentro, en el barrio de Cartuja, ya cerca del campus universitario de igual nombre.
- ¿Qué estudias tú, René? –Preguntó Elia, poco después de que los tres se sentaran en una de las mesas de la terraza.
- Estoy estudiando Criminología en la Universidad de Sevilla.
- ¡Ah claro! Ahora entiendo por qué Alejandro recurrió a ti cuando todos nos vimos enredados con el asesinato en mi casa de la playa.
- La verdad es que tenía ganas de conocerte, Elia Alcalá.
La amiga de Alejandro se sonrojó un poco. La opinión que le ofrecía René Legraine era muy sugestiva: era atractivo, tenía una voz muy melosa con un leve acento francés, parecía inteligente, así como interesante.
¿Por qué no se lo había presentado Alejandro antes?
- ¿Y por qué querías conocerme? –Preguntó ella, sintiendo en sus labios una sonrisa involuntaria.
- Bueno, es que ya he escuchado varias opiniones sobre el crimen. Una de ellas es la de Emma Valverde, tu vecina. ¿no te resulta curioso, Alex, que una sea totalmente contraria a la otra?
Alejandro no estaba de humor, pero contestó amablemente que él también pensaba lo mismo.
Cualquiera lo podría pensar, si viera la melena corta rubia de Emma y la melena oscura más larga de Elia. Las dos mujeres eran delgadas, pero Elia tenía un cuerpo algo más musculado
. René observó disimuladamente que, rodeando al piercing que tenía en el ombligo, había unos bien formados abdominales.
Más tarde, cuando René hablase con ella sobre los gimnasios, confirmaría lo que ya pensaba.
El francés tuvo que admitir que le gustaban bastante los cuerpos femeninos, sensuales pero firmes, bien ejercitados. Como el de Elia.
René apartó los gustos estéticos, y supo volver a la realidad.
Llevado por su curiosidad, le preguntó a Elia cuál era su opinión sobre el asesinato, y qué fue lo que estuvo haciendo ella antes, durante, y después de que mataran a Oscar.
La decidida chica estuvo a punto de frivolizar sobre el tema (ya que la muerte de Oscar no le afectaba en lo más mínimo) pero recordó, culpable, la reacción de su hermano. Se trataba de un amigo suyo, y desde su muerte no era el mismo.
Además, a René se le veía alguien serio. Alejandro ya le había dicho más de una vez que su amigo había colaborado con la policía.
De este modo, después de tomarse el primer sorbo de café, comenzó a hablar.
- ¿Lo que estuve haciendo esa noche? Primero hice la cena. Pasta, no me acuerdo cual. Afortunadamente teníamos bastante comida, y Alejandro me estuvo ayudando. Durante la cena, yo estaba algo incómoda por la inesperada visita. Sin embargo, Oscar estuvo hablando todo el rato, ¡no paraba! Después de cenar, estuvimos sentados enfrente de la tele tomándonos algo, cuando recordé que me había dejado el bikini en el tendedero de la piscina. No suelo dejarlo allí, porque a la mañana siguiente cualquiera podía saltar la tapia y llevárselo. O podría caerse al suelo… o… ¡quién sabe! El hecho es que me gusta tenerlo en casa. Raúl vino conmigo, y la verdad es que lo agradecí… salir a la piscina sola… da un poco de apuro. Una vez que estábamos allí, caí en la cuenta de que Nery, la amiga de Emma, -René indicó que la conocía- sí, bueno, pues esa Nery, me pidió que le dejara uno de mis punzones para el pelo. Así que después de coger el bikini, le dije a Raúl que esperara, y fui al vestuario. Allí tengo una cestita de mimbre en el mueble del lavabo, donde hay algunos.
- ¿Cuándo entraste dentro del vestuario notaste algo raro? –Preguntó René.
- Pues… no. Encendí la luz, entré dentro, abrí el mueble del lavabo. Cogí un punzón metálico que no solía usar mucho, apagué la luz, salí de allí.
- ¿Te fijaste si dentro de la cestita con los punzones para el pelo, estaba con el que mataron a Oscar?
- No… no me fijé. Solo sé que todo estaba como siempre, unos cuantos de esos punzones, los que no uso mucho. Tengo uno igual al que usó el asesino, pero estaba en mi cuarto. Se lo enseñé a la mañana siguiente a la policía.
- ¿Qué pasó cuando volviste de la piscina?
- Mi hermano subió a casa, habíamos dejado la puerta abierta. La de los Valverde también estaba abierta, así que subí por las escaleras hasta el salón. Emma se levantó al verme, para hablar un poco conmigo, mientras Nery salía del cuarto de baño. Cuando salió, le di el punzón, hicimos unas cuantas bromas, y me volví a mi casa.
Alejandro salía de su ensimismamiento, y decidió intervenir.
- Por entonces yo estaba hablando con Raúl sobre la misteriosa salida de Oscar.
- ¿No os cruzasteis con Oscar, Elia?
- No. Mi hermano te lo podrá decir. Supongo que él salió de La Boreal mientras que nosotros estábamos en la piscina.
- De acuerdo. Sigue, nos quedamos en que volvías de la casa de los Valverde.
René la animó, y Elia siguió contando lo que le pasó esa noche:
- Mi hermano estaba cansado, así que se metió en la cama. Alejandro subió a su habitación, también para dormirse. Me quedé sola, así que me metí en el cuarto de baño que compartimos Raúl y yo, para arreglarme. Primero me duche, luego me vestí, me estaba secando el pelo. Entonces estaba intentando alcanzar una horquilla, cuando se me cayó un estante encima. Justo en ese momento, Alejandro entró al cuarto de baño.
- Acababa de ver a Oscar en el césped, corriendo en dirección a la puerta de La Boreal. –Intervino de nuevo Alejandro- Bajé, llamé a la puerta y entré. ¡Y allí estaba la pobre Elia, sujetando como podía el estante, asustadísima, respirando muy fuerte…!
- ¿Te acuerdas cuando te grité “ayúdame, ayúdame”?
Los dos amigos comenzaron a reírse, bajo la atenta mirada del joven detective.
Alejandro siguió con el relato de su amiga.
- Le conté lo que había visto mientras cogíamos los botes y tarros que se habían caído ya. Formaron un estruendo increíble, y algunos hasta se rompieron, haciéndose añicos. En eso estábamos cuando llegaron Emma, Nery, Christian y Claude. Hicieron que Elia dejase de recoger y la convencieron para que se fueran por ahí. Era ya medianoche creo, o sino faltaba poco.
- Para entonces Oscar ya estaba muerto -dijo René.
Elia decidió continuar animada. Recordaba, al haber hecho memoria, todo lo que había sucedido esa larga noche.
- Bueno, Alex subió a su cuarto y se quedó dormido, y yo estuve con todo el grupo de marcha, hasta que a eso de las tres de la mañana, comencé a preocuparme. Recordé todo el escándalo que habíamos liado, tanto al caerse el estante como al venir todo el mundo a recogerme. Pensé en mi hermano. No había salido de su habitación para protestar. Me preocupé mucho. Nery y Enrique, muy atentos, se ofrecieron a acompañarme a La Boreal. Lo primero que hice al llegar fue comprobar que mi hermano estaba bien, dormía plácidamente. Me sentí mal por haberles aguado la fiesta a Nery y a Enrique, así que les invité a tomar algo. Eran ya las cuatro, y Chris llamó a mi puerta, para recoger a Nery y a Enrique. Desde fuera vio por el ventanal del salón que estaban conmigo. Los dos chicos se fueron con el novio de Emma, y yo decidí subir a mi habitación, para dormirme, ¡estaba muy cansada! Justo antes de meterme en la cama, Christian me llamó, muy acongojado. Resulta que Emma había encontrado el cadáver de Oscar en la parte de atrás de la casa, apuñalado. Lo primero que hice fue llamar a la policía.
El francés estuvo escuchándola, atento, cruzado de brazos, con un semblante serio. Solía comportarse de esa forma cuando prestaba atención a un testigo. Al ver que Elia había terminado, decidió que era turno de preguntas.
- ¿Tu hermano y Oscar vestían igual?
La duda desconcertó un poco a la chica, aunque respondió casi en seguida.
- Oscar suele vestir ropa más cara, de marca, pero sí, tienen estilos muy semejantes.
Alejandro se preguntaba qué relación tenía la ropa de Raúl con la investigación que llevaba René.
- ¿No llegaste a pensar que si tu hermano no se levantó de la cama cuando organizasteis tal jaleo… era porque él no estaba en la cama?
Esa insinuación por parte del joven detective pareció molestar sobremanera a la amiga de Alejandro, que cambió su amable expresión al momento. Ahora le miraba con un gesto desafiante e iracundo.
- ¿Qué intentas insinuar con eso, René? –Preguntó Alejandro, inmiscuyéndose conciliador.
- Vamos, Alejandro. Está claro. Fue Raúl Alcalá quién invitó a Oscar a ir a La Boreal y en vez de salir con él, decidió quedarse en casa. Eso haría que todo el mundo diese por hecho que estaba durmiendo. A eso de las once y cuarto, pudo salir de su habitación. Tú estabas intentando dormir, y su hermana estaba duchándose. Nadie le oía. Salió sigilosamente al encuentro de Oscar Zazo. Pero Oscar le había estado esperando en la piscina sin ningún éxito. Oscar salió corriendo hasta La Boreal, con la carpeta en la mano, para buscar a Raúl. ¡Precisamente estuvo lanzando chinos contra su ventana, para comprobar qué es lo que ocurría! Uno de los chinos, dio en la tuya, Alejandro. Te despertarte, él corrió hacia la oscuridad. Una vez que no lo veías, apagaste la luz, él volvió a salir fuera. En un último intento, fue otra vez al vestuario de la piscina. Un sitio discreto, ideal para una cita con un chantajista. Esta vez, Oscar descubrió que había un atajo para llegar a la piscina: el estrecho pasillo entre el invernadero y la tapia izquierda. Llegó allí en menos de medio minuto, dejando las fibras de su chándal en la rasposa tapia. Cuando fue hacia el vestuario, Raúl ya lo esperaba con un punzón para el pelo que habría encontrado por casualidad, y que curiosamente no era de Elia. Así, mantendría a su hermana mayor fuera de toda sospecha. Esperó a que su víctima, agonizante, muriera. Entonces, cuando todos estaban en Gailón, y tú, Alejandro, durmiendo plácidamente, salió hacia el cabo de los truenos. Quemó la carpeta cerca del faro, volviendo antes de que su hermana quisiera comprobar si estaba bien. ¿No lo entiendes? ¡Raúl Alcalá era el socio de Roberto Blanco! ¡Por eso no le fue difícil investigar a Oscar Zazo!
Elia Alcalá, furibunda, se levantó de golpe, echando la silla hacia atrás. Hecha un mar de lágrimas, señaló con uno de sus dedos, acusadora, a René Legraine.
- ¡No tienes derecho a decir eso! ¡No tienes derecho a acusar a mi hermano de algo así! ¡El es incapaz de matar a nadie! No, no, no tienes derecho…
Cogió su carpeta y su bolso, indignada, andando decidida en dirección a la facultad.
Alejandro no supo que hacer. Al final miró a René con un mudo reproche, y echó a andar detrás de su amiga, para intentar consolarla.
Pasaron los minutos, y René siguió sentado en la mesa de la cafetería. Chasqueó un par de veces la lengua, compadeciéndose de Elia Alcalá. Tal vez ella había llegado a la misma conclusión, pero no quería aceptarlo.
Recibió una llamada en su móvil. Era el teniente Legraine.
Al descolgar, el tío de René no espero para contarle lo sucedido:
- Maldita sea, René. ¡No te lo vas a creer! ¡Acaba de suceder algo increíble! Vila acaba de llamarme. Christian Bayo se acaba de entregar a la policía de Motril hace tan solo unos minutos. ¡Él dice que fue el asesino de Oscar Zazo! Ven a mi despacho en cuanto puedas, ¿de acuerdo? Nos vamos a Motril.
Elia Alcalá, acodada en la mesa, hacía memoria.
Las horas posteriores al asesinato le habían causado mucho estrés. La policía les estaba interrogando a todos acerca de lo que habían visto. El cuerpo de un chaval de apenas dieciocho años estaba apuñalado delante del vestuario de la piscina. Apuñalado por el punzón para el pelo de Emma Valverde. En esos momentos, a Elia se le hacía aún difícil de aceptar lo que había sucedido.
El momento más duro para ella, sin embargo, fue despertar a Raúl y darle la noticia de la muerte de su amigo. Ella, que siempre había presumido de ser una chica arrojada y valiente, se veía sin recursos cuando tuvo que comunicarle a su hermano la violenta muerte de uno de sus amigos.
Elia le hizo daño a su hermano, pero pensó que Raúl se iba a reponer pronto.
Mas todo lo contrario. A lo largo de los días, su hermano estaba más irritable, más nervioso, con unos cambios de humor imprevisibles.
Elia Alcalá, la responsable, la decidida, la de más seguridad… estaba muy preocupada por su hermano pequeño.
Incluso, se había llegado a plantear si tal vez su hermano…
- ¿Qué te ocurre?
De un golpe, Elia bajó de las nubes. La voz que escuchaba era de Alejandro, estaba frente a ella, sentado en una de las mesas de estudio de la biblioteca. Estaba en la facultad, estudiando para los exámenes.
Había pasado ya casi una semana desde el asesinato de La Boreal.
- Estaba pensando en mi hermano, Alex. Está muy raro…
- ¿Desde la muerte de su amigo?
- Sí.
Elia estaba cabizbaja, algo deprimida. Alejandro Sabatini intentó animarla con un par de bromas, pero lo único que consiguió fueron unas sonrisas que apenas duraron segundos.
- ¿No sabes por qué está así Raúl?
- No –respondió Elia apenada.
- ¿Por qué no pruebas a preguntárselo?
- Mi imagino lo que es. Aún no se ha avanzado en la investigación. La policía sigue tras la pista, pero aún no han encontrado al que mató a Oscar, y todo esto es tan molesto…
Alejandro estaba tan contrariado como su amiga Elia, pero él confiaba en René Legraine. Tenía una seguridad ciega, basada en que había confiado el caso al mejor. Su amigo francés se acababa tomando cada asunto como algo personal, y tenía demasiado orgullo como para abandonar tan fácilmente.
Era jueves, y la facultad donde estudiaban Elia y Alejandro estaba llena de gente, a pesar de que eran aún las nueve de la mañana. Todos ellos eran estudiantes que venían a preparar sus exámenes. El ruido, en cada una de las salas, era el estrictamente necesario, de modo que la conversación entre los dos amigos se desarrollaba con susurros.
René y Alejandro habían quedado unas cuantas veces al volver de Motril. Desgraciadamente, juntos no habían llegado aún a ninguna conclusión que ayudara a esclarecer el misterio.
El teniente Legraine, el tío de René, se dedicaba aún a la pista del pedazo de papel, pero aún no les había llevado a nada concreto.
Habían investigado también cada uno de los chantajes que mantenía Oscar Zazo, pero las víctimas no se encontraban cerca de La Boreal, y sus coartadas eran sólidas.
Todo señalaba, por tanto, al socio del traficante de drogas Roberto Blanco.
Sin embargo, no era fácil seguir esos indicios. Roberto tenía muy pocos aunque buenos amigos. Cada uno de ellos fue investigado por la policía, demostrándose al final que ninguno de ellos era ese misterioso asociado en el mundo de la droga. Además, como si se tratase de un pacto de silencio firmado por todos y cada uno de ellos, ninguno de esos amigos sabía la identidad de la persona a la que buscaban.
Por lo que se refiere a Onnyx, la búsqueda efectuada por Emma Valverde, investigando el camino que antes había recorrido Oscar Zazo, aún no había llevado a conseguir una respuesta. Sin embargo, tanto ella como C-97 confiaban en que fuese cuestión de días. Poco a poco, su investigación iba avanzando.
Enrique Valverde volvió a sus asuntos, aunque seguía guardando la esperanza de encontrarse de nuevo con Mónica Sanseverato.
Ella, por su parte, tuvo la tentación de llamar un par de veces a René Legraine, pero acabó por abandonar la idea por orgullo femenino.
Christian Bayo continuó con su trabajo, a pesar de que no se podía quitar de la cabeza las extrañas sospechas que albergaba en su interior.
Una tarde, Christian le había preguntado a Emma, después de hacer el amor, qué era lo que opinaba en realidad de la muerte de Zazo.
- Cariño, ese chico se lo buscó
- ¿Cómo dices? –Preguntó el chico, algo asustado por la actitud desafiante de su novia.
- ¡Que se lo merecía! ¡Se lo tuvo buscado! No se dedicaba a hacer cosas honradas, ¿sabes? Ese chaval jugó con fuego, y no sólo se quemó, sino que, ya ves, salió de La Boreal con los pies por delante.
Estaba claro que Emma sabía algo que él no sabía.
Christian estaba bastante acostumbrado al misterio que solía guardar su novia, y a la intimidad que continuamente le pedía que respetase. Había optado por aceptar conforme algunos secretos que le guardaba, y que no estaba dispuesta a desvelar. Le dio su palabra de que no se trataban de negocios sucios ni peligroso, y él la creyó.
Sin embargo, Chris estaba muy preocupado. Alguien había muerto en la casa alquilada por la familia de su novia, ella parecía saber mucho del asunto, e incluso celebraba la muerte de Oscar Zazo.
¿Pero realmente Emma Valverde, su novia intuitiva y terca, una de las chicas más responsables que conocía, podía tratarse de una asesina a sangre fría?
El tema, como poco, le preocupaba.
Ajenos a este problema, los dos estudiantes seguían empleándose a fondo en la biblioteca.
La mañana se les pasó entre apuntes, fotocopias, esquemas, renglones subrayados… dura vida la del estudiante.
Como descanso, los dos amigos bajaron al centro de la ciudad, para comer en una pizzería frecuentada por jóvenes estudiantes universitarios como ellos.
Olvidándose del agobio motivado por los exámenes y la inquietud causada por la muerte de Oscar, aún sin resolver, Alejandro y Elia estuvieron comiendo hasta hartarse, entre bromas y risas.
Caminaban a la parada cuando se produjo un encuentro casual:
- ¡Alejandro! –Exclamó Fernando.
El aludido no tuvo más remedio que tenerse, devolver el saludo y extender la mano.
La conversación fue breve y evasiva por parte de un Alejandro más que molesto. Procuró mostrarse educado, pero aún así, dejaba entrever el rechazo que le producía la situación.
Para contrarrestar, Elia procuró mostrarse amable y saludar a Fernando con simpatía. Aunque el chico lo agradeció, después de despedirse de ellos, bajando la calle, lamentó la actitud que Alejandro había demostrado.
La pareja de amigos estuvo un rato callada, sin pronunciar palabra.
Alejandro andaba a paso rápido, con la mirada clavada en el suelo y los labios apretados. Elia, a su lado, procuraba seguir su ritmo, sin saber exactamente qué decir.
Antes de llegar a la facultad, un segundo encuentro casual, mucho más afortunado, tuvo lugar. Esta vez fue Alejandro quien se dio cuenta con quién se cruzaba.
- ¡Hola René! –Exclamó.
- Hola Alejandro.
René miró discretamente, de soslayo, la acompañante de Alejandro. Morena, de rostro atractivo y bronceado, y ojos negros, cuerpo exuberante… ella misma se presentó.
- Hola, yo soy Elia Alcalá.
- ¡Oh! –La sorpresa en el joven detective fue evidente- Eres la chica que invitó a Alejandro a La Boreal, ¿no?
Después de que Elia lo confirmara, se produjo una pausa un tanto absurda. El amigo de René, debido a su reciente encuentro con su ex, no tenía ganas de hablar. La mayor de los Alcalá observaba con interés al tan famoso René Legraine, Alejandro ya le había hablado bastante de él. El francés estuvo esperando la reacción de la pareja ante su encuentro.
Como no se produjo ninguna despedida, él mismo les invitó a tomar café. Debido a que ninguno de los dos tenía muchas ganas de ponerse al momento a volver a estudiar, aceptaron la invitación. Entraron a una cafetería cercana al casual encuentro, en el barrio de Cartuja, ya cerca del campus universitario de igual nombre.
- ¿Qué estudias tú, René? –Preguntó Elia, poco después de que los tres se sentaran en una de las mesas de la terraza.
- Estoy estudiando Criminología en la Universidad de Sevilla.
- ¡Ah claro! Ahora entiendo por qué Alejandro recurrió a ti cuando todos nos vimos enredados con el asesinato en mi casa de la playa.
- La verdad es que tenía ganas de conocerte, Elia Alcalá.
La amiga de Alejandro se sonrojó un poco. La opinión que le ofrecía René Legraine era muy sugestiva: era atractivo, tenía una voz muy melosa con un leve acento francés, parecía inteligente, así como interesante.
¿Por qué no se lo había presentado Alejandro antes?
- ¿Y por qué querías conocerme? –Preguntó ella, sintiendo en sus labios una sonrisa involuntaria.
- Bueno, es que ya he escuchado varias opiniones sobre el crimen. Una de ellas es la de Emma Valverde, tu vecina. ¿no te resulta curioso, Alex, que una sea totalmente contraria a la otra?
Alejandro no estaba de humor, pero contestó amablemente que él también pensaba lo mismo.
Cualquiera lo podría pensar, si viera la melena corta rubia de Emma y la melena oscura más larga de Elia. Las dos mujeres eran delgadas, pero Elia tenía un cuerpo algo más musculado
. René observó disimuladamente que, rodeando al piercing que tenía en el ombligo, había unos bien formados abdominales.
Más tarde, cuando René hablase con ella sobre los gimnasios, confirmaría lo que ya pensaba.
El francés tuvo que admitir que le gustaban bastante los cuerpos femeninos, sensuales pero firmes, bien ejercitados. Como el de Elia.
René apartó los gustos estéticos, y supo volver a la realidad.
Llevado por su curiosidad, le preguntó a Elia cuál era su opinión sobre el asesinato, y qué fue lo que estuvo haciendo ella antes, durante, y después de que mataran a Oscar.
La decidida chica estuvo a punto de frivolizar sobre el tema (ya que la muerte de Oscar no le afectaba en lo más mínimo) pero recordó, culpable, la reacción de su hermano. Se trataba de un amigo suyo, y desde su muerte no era el mismo.
Además, a René se le veía alguien serio. Alejandro ya le había dicho más de una vez que su amigo había colaborado con la policía.
De este modo, después de tomarse el primer sorbo de café, comenzó a hablar.
- ¿Lo que estuve haciendo esa noche? Primero hice la cena. Pasta, no me acuerdo cual. Afortunadamente teníamos bastante comida, y Alejandro me estuvo ayudando. Durante la cena, yo estaba algo incómoda por la inesperada visita. Sin embargo, Oscar estuvo hablando todo el rato, ¡no paraba! Después de cenar, estuvimos sentados enfrente de la tele tomándonos algo, cuando recordé que me había dejado el bikini en el tendedero de la piscina. No suelo dejarlo allí, porque a la mañana siguiente cualquiera podía saltar la tapia y llevárselo. O podría caerse al suelo… o… ¡quién sabe! El hecho es que me gusta tenerlo en casa. Raúl vino conmigo, y la verdad es que lo agradecí… salir a la piscina sola… da un poco de apuro. Una vez que estábamos allí, caí en la cuenta de que Nery, la amiga de Emma, -René indicó que la conocía- sí, bueno, pues esa Nery, me pidió que le dejara uno de mis punzones para el pelo. Así que después de coger el bikini, le dije a Raúl que esperara, y fui al vestuario. Allí tengo una cestita de mimbre en el mueble del lavabo, donde hay algunos.
- ¿Cuándo entraste dentro del vestuario notaste algo raro? –Preguntó René.
- Pues… no. Encendí la luz, entré dentro, abrí el mueble del lavabo. Cogí un punzón metálico que no solía usar mucho, apagué la luz, salí de allí.
- ¿Te fijaste si dentro de la cestita con los punzones para el pelo, estaba con el que mataron a Oscar?
- No… no me fijé. Solo sé que todo estaba como siempre, unos cuantos de esos punzones, los que no uso mucho. Tengo uno igual al que usó el asesino, pero estaba en mi cuarto. Se lo enseñé a la mañana siguiente a la policía.
- ¿Qué pasó cuando volviste de la piscina?
- Mi hermano subió a casa, habíamos dejado la puerta abierta. La de los Valverde también estaba abierta, así que subí por las escaleras hasta el salón. Emma se levantó al verme, para hablar un poco conmigo, mientras Nery salía del cuarto de baño. Cuando salió, le di el punzón, hicimos unas cuantas bromas, y me volví a mi casa.
Alejandro salía de su ensimismamiento, y decidió intervenir.
- Por entonces yo estaba hablando con Raúl sobre la misteriosa salida de Oscar.
- ¿No os cruzasteis con Oscar, Elia?
- No. Mi hermano te lo podrá decir. Supongo que él salió de La Boreal mientras que nosotros estábamos en la piscina.
- De acuerdo. Sigue, nos quedamos en que volvías de la casa de los Valverde.
René la animó, y Elia siguió contando lo que le pasó esa noche:
- Mi hermano estaba cansado, así que se metió en la cama. Alejandro subió a su habitación, también para dormirse. Me quedé sola, así que me metí en el cuarto de baño que compartimos Raúl y yo, para arreglarme. Primero me duche, luego me vestí, me estaba secando el pelo. Entonces estaba intentando alcanzar una horquilla, cuando se me cayó un estante encima. Justo en ese momento, Alejandro entró al cuarto de baño.
- Acababa de ver a Oscar en el césped, corriendo en dirección a la puerta de La Boreal. –Intervino de nuevo Alejandro- Bajé, llamé a la puerta y entré. ¡Y allí estaba la pobre Elia, sujetando como podía el estante, asustadísima, respirando muy fuerte…!
- ¿Te acuerdas cuando te grité “ayúdame, ayúdame”?
Los dos amigos comenzaron a reírse, bajo la atenta mirada del joven detective.
Alejandro siguió con el relato de su amiga.
- Le conté lo que había visto mientras cogíamos los botes y tarros que se habían caído ya. Formaron un estruendo increíble, y algunos hasta se rompieron, haciéndose añicos. En eso estábamos cuando llegaron Emma, Nery, Christian y Claude. Hicieron que Elia dejase de recoger y la convencieron para que se fueran por ahí. Era ya medianoche creo, o sino faltaba poco.
- Para entonces Oscar ya estaba muerto -dijo René.
Elia decidió continuar animada. Recordaba, al haber hecho memoria, todo lo que había sucedido esa larga noche.
- Bueno, Alex subió a su cuarto y se quedó dormido, y yo estuve con todo el grupo de marcha, hasta que a eso de las tres de la mañana, comencé a preocuparme. Recordé todo el escándalo que habíamos liado, tanto al caerse el estante como al venir todo el mundo a recogerme. Pensé en mi hermano. No había salido de su habitación para protestar. Me preocupé mucho. Nery y Enrique, muy atentos, se ofrecieron a acompañarme a La Boreal. Lo primero que hice al llegar fue comprobar que mi hermano estaba bien, dormía plácidamente. Me sentí mal por haberles aguado la fiesta a Nery y a Enrique, así que les invité a tomar algo. Eran ya las cuatro, y Chris llamó a mi puerta, para recoger a Nery y a Enrique. Desde fuera vio por el ventanal del salón que estaban conmigo. Los dos chicos se fueron con el novio de Emma, y yo decidí subir a mi habitación, para dormirme, ¡estaba muy cansada! Justo antes de meterme en la cama, Christian me llamó, muy acongojado. Resulta que Emma había encontrado el cadáver de Oscar en la parte de atrás de la casa, apuñalado. Lo primero que hice fue llamar a la policía.
El francés estuvo escuchándola, atento, cruzado de brazos, con un semblante serio. Solía comportarse de esa forma cuando prestaba atención a un testigo. Al ver que Elia había terminado, decidió que era turno de preguntas.
- ¿Tu hermano y Oscar vestían igual?
La duda desconcertó un poco a la chica, aunque respondió casi en seguida.
- Oscar suele vestir ropa más cara, de marca, pero sí, tienen estilos muy semejantes.
Alejandro se preguntaba qué relación tenía la ropa de Raúl con la investigación que llevaba René.
- ¿No llegaste a pensar que si tu hermano no se levantó de la cama cuando organizasteis tal jaleo… era porque él no estaba en la cama?
Esa insinuación por parte del joven detective pareció molestar sobremanera a la amiga de Alejandro, que cambió su amable expresión al momento. Ahora le miraba con un gesto desafiante e iracundo.
- ¿Qué intentas insinuar con eso, René? –Preguntó Alejandro, inmiscuyéndose conciliador.
- Vamos, Alejandro. Está claro. Fue Raúl Alcalá quién invitó a Oscar a ir a La Boreal y en vez de salir con él, decidió quedarse en casa. Eso haría que todo el mundo diese por hecho que estaba durmiendo. A eso de las once y cuarto, pudo salir de su habitación. Tú estabas intentando dormir, y su hermana estaba duchándose. Nadie le oía. Salió sigilosamente al encuentro de Oscar Zazo. Pero Oscar le había estado esperando en la piscina sin ningún éxito. Oscar salió corriendo hasta La Boreal, con la carpeta en la mano, para buscar a Raúl. ¡Precisamente estuvo lanzando chinos contra su ventana, para comprobar qué es lo que ocurría! Uno de los chinos, dio en la tuya, Alejandro. Te despertarte, él corrió hacia la oscuridad. Una vez que no lo veías, apagaste la luz, él volvió a salir fuera. En un último intento, fue otra vez al vestuario de la piscina. Un sitio discreto, ideal para una cita con un chantajista. Esta vez, Oscar descubrió que había un atajo para llegar a la piscina: el estrecho pasillo entre el invernadero y la tapia izquierda. Llegó allí en menos de medio minuto, dejando las fibras de su chándal en la rasposa tapia. Cuando fue hacia el vestuario, Raúl ya lo esperaba con un punzón para el pelo que habría encontrado por casualidad, y que curiosamente no era de Elia. Así, mantendría a su hermana mayor fuera de toda sospecha. Esperó a que su víctima, agonizante, muriera. Entonces, cuando todos estaban en Gailón, y tú, Alejandro, durmiendo plácidamente, salió hacia el cabo de los truenos. Quemó la carpeta cerca del faro, volviendo antes de que su hermana quisiera comprobar si estaba bien. ¿No lo entiendes? ¡Raúl Alcalá era el socio de Roberto Blanco! ¡Por eso no le fue difícil investigar a Oscar Zazo!
Elia Alcalá, furibunda, se levantó de golpe, echando la silla hacia atrás. Hecha un mar de lágrimas, señaló con uno de sus dedos, acusadora, a René Legraine.
- ¡No tienes derecho a decir eso! ¡No tienes derecho a acusar a mi hermano de algo así! ¡El es incapaz de matar a nadie! No, no, no tienes derecho…
Cogió su carpeta y su bolso, indignada, andando decidida en dirección a la facultad.
Alejandro no supo que hacer. Al final miró a René con un mudo reproche, y echó a andar detrás de su amiga, para intentar consolarla.
Pasaron los minutos, y René siguió sentado en la mesa de la cafetería. Chasqueó un par de veces la lengua, compadeciéndose de Elia Alcalá. Tal vez ella había llegado a la misma conclusión, pero no quería aceptarlo.
Recibió una llamada en su móvil. Era el teniente Legraine.
Al descolgar, el tío de René no espero para contarle lo sucedido:
- Maldita sea, René. ¡No te lo vas a creer! ¡Acaba de suceder algo increíble! Vila acaba de llamarme. Christian Bayo se acaba de entregar a la policía de Motril hace tan solo unos minutos. ¡Él dice que fue el asesino de Oscar Zazo! Ven a mi despacho en cuanto puedas, ¿de acuerdo? Nos vamos a Motril.
