10/06/2005

CAPITULO XXV: Varios días después

Tomando café con Nery, René averigua que su verdadero nombre es Henrietta, lo cual la pone en relación con la inicial que aparece al final de la nota que encontró. ¿Será cierta la pista que aporta la chica al detective? Ahora ya no es solo Mónica quien puede tener algo que ver en la muerte de Oscar.





Elia Alcalá, acodada en la mesa, hacía memoria.
Las horas posteriores al asesinato le habían causado mucho estrés. La policía les estaba interrogando a todos acerca de lo que habían visto. El cuerpo de un chaval de apenas dieciocho años estaba apuñalado delante del vestuario de la piscina. Apuñalado por el punzón para el pelo de Emma Valverde. En esos momentos, a Elia se le hacía aún difícil de aceptar lo que había sucedido.
El momento más duro para ella, sin embargo, fue despertar a Raúl y darle la noticia de la muerte de su amigo. Ella, que siempre había presumido de ser una chica arrojada y valiente, se veía sin recursos cuando tuvo que comunicarle a su hermano la violenta muerte de uno de sus amigos.
Elia le hizo daño a su hermano, pero pensó que Raúl se iba a reponer pronto.
Mas todo lo contrario. A lo largo de los días, su hermano estaba más irritable, más nervioso, con unos cambios de humor imprevisibles.
Elia Alcalá, la responsable, la decidida, la de más seguridad… estaba muy preocupada por su hermano pequeño.
Incluso, se había llegado a plantear si tal vez su hermano…
- ¿Qué te ocurre?
De un golpe, Elia bajó de las nubes. La voz que escuchaba era de Alejandro, estaba frente a ella, sentado en una de las mesas de estudio de la biblioteca. Estaba en la facultad, estudiando para los exámenes.
Había pasado ya casi una semana desde el asesinato de La Boreal.
- Estaba pensando en mi hermano, Alex. Está muy raro…
- ¿Desde la muerte de su amigo?
- Sí.
Elia estaba cabizbaja, algo deprimida. Alejandro Sabatini intentó animarla con un par de bromas, pero lo único que consiguió fueron unas sonrisas que apenas duraron segundos.
- ¿No sabes por qué está así Raúl?
- No –respondió Elia apenada.
- ¿Por qué no pruebas a preguntárselo?
- Mi imagino lo que es. Aún no se ha avanzado en la investigación. La policía sigue tras la pista, pero aún no han encontrado al que mató a Oscar, y todo esto es tan molesto…
Alejandro estaba tan contrariado como su amiga Elia, pero él confiaba en René Legraine. Tenía una seguridad ciega, basada en que había confiado el caso al mejor. Su amigo francés se acababa tomando cada asunto como algo personal, y tenía demasiado orgullo como para abandonar tan fácilmente.

Era jueves, y la facultad donde estudiaban Elia y Alejandro estaba llena de gente, a pesar de que eran aún las nueve de la mañana. Todos ellos eran estudiantes que venían a preparar sus exámenes. El ruido, en cada una de las salas, era el estrictamente necesario, de modo que la conversación entre los dos amigos se desarrollaba con susurros.
René y Alejandro habían quedado unas cuantas veces al volver de Motril. Desgraciadamente, juntos no habían llegado aún a ninguna conclusión que ayudara a esclarecer el misterio.
El teniente Legraine, el tío de René, se dedicaba aún a la pista del pedazo de papel, pero aún no les había llevado a nada concreto.
Habían investigado también cada uno de los chantajes que mantenía Oscar Zazo, pero las víctimas no se encontraban cerca de La Boreal, y sus coartadas eran sólidas.
Todo señalaba, por tanto, al socio del traficante de drogas Roberto Blanco.
Sin embargo, no era fácil seguir esos indicios. Roberto tenía muy pocos aunque buenos amigos. Cada uno de ellos fue investigado por la policía, demostrándose al final que ninguno de ellos era ese misterioso asociado en el mundo de la droga. Además, como si se tratase de un pacto de silencio firmado por todos y cada uno de ellos, ninguno de esos amigos sabía la identidad de la persona a la que buscaban.
Por lo que se refiere a Onnyx, la búsqueda efectuada por Emma Valverde, investigando el camino que antes había recorrido Oscar Zazo, aún no había llevado a conseguir una respuesta. Sin embargo, tanto ella como C-97 confiaban en que fuese cuestión de días. Poco a poco, su investigación iba avanzando.
Enrique Valverde volvió a sus asuntos, aunque seguía guardando la esperanza de encontrarse de nuevo con Mónica Sanseverato.
Ella, por su parte, tuvo la tentación de llamar un par de veces a René Legraine, pero acabó por abandonar la idea por orgullo femenino.
Christian Bayo continuó con su trabajo, a pesar de que no se podía quitar de la cabeza las extrañas sospechas que albergaba en su interior.
Una tarde, Christian le había preguntado a Emma, después de hacer el amor, qué era lo que opinaba en realidad de la muerte de Zazo.
- Cariño, ese chico se lo buscó
- ¿Cómo dices? –Preguntó el chico, algo asustado por la actitud desafiante de su novia.
- ¡Que se lo merecía! ¡Se lo tuvo buscado! No se dedicaba a hacer cosas honradas, ¿sabes? Ese chaval jugó con fuego, y no sólo se quemó, sino que, ya ves, salió de La Boreal con los pies por delante.
Estaba claro que Emma sabía algo que él no sabía.
Christian estaba bastante acostumbrado al misterio que solía guardar su novia, y a la intimidad que continuamente le pedía que respetase. Había optado por aceptar conforme algunos secretos que le guardaba, y que no estaba dispuesta a desvelar. Le dio su palabra de que no se trataban de negocios sucios ni peligroso, y él la creyó.
Sin embargo, Chris estaba muy preocupado. Alguien había muerto en la casa alquilada por la familia de su novia, ella parecía saber mucho del asunto, e incluso celebraba la muerte de Oscar Zazo.
¿Pero realmente Emma Valverde, su novia intuitiva y terca, una de las chicas más responsables que conocía, podía tratarse de una asesina a sangre fría?
El tema, como poco, le preocupaba.

Ajenos a este problema, los dos estudiantes seguían empleándose a fondo en la biblioteca.
La mañana se les pasó entre apuntes, fotocopias, esquemas, renglones subrayados… dura vida la del estudiante.
Como descanso, los dos amigos bajaron al centro de la ciudad, para comer en una pizzería frecuentada por jóvenes estudiantes universitarios como ellos.
Olvidándose del agobio motivado por los exámenes y la inquietud causada por la muerte de Oscar, aún sin resolver, Alejandro y Elia estuvieron comiendo hasta hartarse, entre bromas y risas.
Caminaban a la parada cuando se produjo un encuentro casual:
- ¡Alejandro! –Exclamó Fernando.
El aludido no tuvo más remedio que tenerse, devolver el saludo y extender la mano.
La conversación fue breve y evasiva por parte de un Alejandro más que molesto. Procuró mostrarse educado, pero aún así, dejaba entrever el rechazo que le producía la situación.
Para contrarrestar, Elia procuró mostrarse amable y saludar a Fernando con simpatía. Aunque el chico lo agradeció, después de despedirse de ellos, bajando la calle, lamentó la actitud que Alejandro había demostrado.
La pareja de amigos estuvo un rato callada, sin pronunciar palabra.
Alejandro andaba a paso rápido, con la mirada clavada en el suelo y los labios apretados. Elia, a su lado, procuraba seguir su ritmo, sin saber exactamente qué decir.
Antes de llegar a la facultad, un segundo encuentro casual, mucho más afortunado, tuvo lugar. Esta vez fue Alejandro quien se dio cuenta con quién se cruzaba.
- ¡Hola René! –Exclamó.
- Hola Alejandro.
René miró discretamente, de soslayo, la acompañante de Alejandro. Morena, de rostro atractivo y bronceado, y ojos negros, cuerpo exuberante… ella misma se presentó.
- Hola, yo soy Elia Alcalá.
- ¡Oh! –La sorpresa en el joven detective fue evidente- Eres la chica que invitó a Alejandro a La Boreal, ¿no?
Después de que Elia lo confirmara, se produjo una pausa un tanto absurda. El amigo de René, debido a su reciente encuentro con su ex, no tenía ganas de hablar. La mayor de los Alcalá observaba con interés al tan famoso René Legraine, Alejandro ya le había hablado bastante de él. El francés estuvo esperando la reacción de la pareja ante su encuentro.
Como no se produjo ninguna despedida, él mismo les invitó a tomar café. Debido a que ninguno de los dos tenía muchas ganas de ponerse al momento a volver a estudiar, aceptaron la invitación. Entraron a una cafetería cercana al casual encuentro, en el barrio de Cartuja, ya cerca del campus universitario de igual nombre.
- ¿Qué estudias tú, René? –Preguntó Elia, poco después de que los tres se sentaran en una de las mesas de la terraza.
- Estoy estudiando Criminología en la Universidad de Sevilla.
- ¡Ah claro! Ahora entiendo por qué Alejandro recurrió a ti cuando todos nos vimos enredados con el asesinato en mi casa de la playa.
- La verdad es que tenía ganas de conocerte, Elia Alcalá.
La amiga de Alejandro se sonrojó un poco. La opinión que le ofrecía René Legraine era muy sugestiva: era atractivo, tenía una voz muy melosa con un leve acento francés, parecía inteligente, así como interesante.
¿Por qué no se lo había presentado Alejandro antes?
- ¿Y por qué querías conocerme? –Preguntó ella, sintiendo en sus labios una sonrisa involuntaria.
- Bueno, es que ya he escuchado varias opiniones sobre el crimen. Una de ellas es la de Emma Valverde, tu vecina. ¿no te resulta curioso, Alex, que una sea totalmente contraria a la otra?
Alejandro no estaba de humor, pero contestó amablemente que él también pensaba lo mismo.
Cualquiera lo podría pensar, si viera la melena corta rubia de Emma y la melena oscura más larga de Elia. Las dos mujeres eran delgadas, pero Elia tenía un cuerpo algo más musculado
. René observó disimuladamente que, rodeando al piercing que tenía en el ombligo, había unos bien formados abdominales.
Más tarde, cuando René hablase con ella sobre los gimnasios, confirmaría lo que ya pensaba.
El francés tuvo que admitir que le gustaban bastante los cuerpos femeninos, sensuales pero firmes, bien ejercitados. Como el de Elia.
René apartó los gustos estéticos, y supo volver a la realidad.
Llevado por su curiosidad, le preguntó a Elia cuál era su opinión sobre el asesinato, y qué fue lo que estuvo haciendo ella antes, durante, y después de que mataran a Oscar.
La decidida chica estuvo a punto de frivolizar sobre el tema (ya que la muerte de Oscar no le afectaba en lo más mínimo) pero recordó, culpable, la reacción de su hermano. Se trataba de un amigo suyo, y desde su muerte no era el mismo.
Además, a René se le veía alguien serio. Alejandro ya le había dicho más de una vez que su amigo había colaborado con la policía.
De este modo, después de tomarse el primer sorbo de café, comenzó a hablar.
- ¿Lo que estuve haciendo esa noche? Primero hice la cena. Pasta, no me acuerdo cual. Afortunadamente teníamos bastante comida, y Alejandro me estuvo ayudando. Durante la cena, yo estaba algo incómoda por la inesperada visita. Sin embargo, Oscar estuvo hablando todo el rato, ¡no paraba! Después de cenar, estuvimos sentados enfrente de la tele tomándonos algo, cuando recordé que me había dejado el bikini en el tendedero de la piscina. No suelo dejarlo allí, porque a la mañana siguiente cualquiera podía saltar la tapia y llevárselo. O podría caerse al suelo… o… ¡quién sabe! El hecho es que me gusta tenerlo en casa. Raúl vino conmigo, y la verdad es que lo agradecí… salir a la piscina sola… da un poco de apuro. Una vez que estábamos allí, caí en la cuenta de que Nery, la amiga de Emma, -René indicó que la conocía- sí, bueno, pues esa Nery, me pidió que le dejara uno de mis punzones para el pelo. Así que después de coger el bikini, le dije a Raúl que esperara, y fui al vestuario. Allí tengo una cestita de mimbre en el mueble del lavabo, donde hay algunos.
- ¿Cuándo entraste dentro del vestuario notaste algo raro? –Preguntó René.
- Pues… no. Encendí la luz, entré dentro, abrí el mueble del lavabo. Cogí un punzón metálico que no solía usar mucho, apagué la luz, salí de allí.
- ¿Te fijaste si dentro de la cestita con los punzones para el pelo, estaba con el que mataron a Oscar?
- No… no me fijé. Solo sé que todo estaba como siempre, unos cuantos de esos punzones, los que no uso mucho. Tengo uno igual al que usó el asesino, pero estaba en mi cuarto. Se lo enseñé a la mañana siguiente a la policía.
- ¿Qué pasó cuando volviste de la piscina?
- Mi hermano subió a casa, habíamos dejado la puerta abierta. La de los Valverde también estaba abierta, así que subí por las escaleras hasta el salón. Emma se levantó al verme, para hablar un poco conmigo, mientras Nery salía del cuarto de baño. Cuando salió, le di el punzón, hicimos unas cuantas bromas, y me volví a mi casa.
Alejandro salía de su ensimismamiento, y decidió intervenir.
- Por entonces yo estaba hablando con Raúl sobre la misteriosa salida de Oscar.
- ¿No os cruzasteis con Oscar, Elia?
- No. Mi hermano te lo podrá decir. Supongo que él salió de La Boreal mientras que nosotros estábamos en la piscina.
- De acuerdo. Sigue, nos quedamos en que volvías de la casa de los Valverde.
René la animó, y Elia siguió contando lo que le pasó esa noche:
- Mi hermano estaba cansado, así que se metió en la cama. Alejandro subió a su habitación, también para dormirse. Me quedé sola, así que me metí en el cuarto de baño que compartimos Raúl y yo, para arreglarme. Primero me duche, luego me vestí, me estaba secando el pelo. Entonces estaba intentando alcanzar una horquilla, cuando se me cayó un estante encima. Justo en ese momento, Alejandro entró al cuarto de baño.
- Acababa de ver a Oscar en el césped, corriendo en dirección a la puerta de La Boreal. –Intervino de nuevo Alejandro- Bajé, llamé a la puerta y entré. ¡Y allí estaba la pobre Elia, sujetando como podía el estante, asustadísima, respirando muy fuerte…!
- ¿Te acuerdas cuando te grité “ayúdame, ayúdame”?
Los dos amigos comenzaron a reírse, bajo la atenta mirada del joven detective.
Alejandro siguió con el relato de su amiga.
- Le conté lo que había visto mientras cogíamos los botes y tarros que se habían caído ya. Formaron un estruendo increíble, y algunos hasta se rompieron, haciéndose añicos. En eso estábamos cuando llegaron Emma, Nery, Christian y Claude. Hicieron que Elia dejase de recoger y la convencieron para que se fueran por ahí. Era ya medianoche creo, o sino faltaba poco.
- Para entonces Oscar ya estaba muerto -dijo René.
Elia decidió continuar animada. Recordaba, al haber hecho memoria, todo lo que había sucedido esa larga noche.
- Bueno, Alex subió a su cuarto y se quedó dormido, y yo estuve con todo el grupo de marcha, hasta que a eso de las tres de la mañana, comencé a preocuparme. Recordé todo el escándalo que habíamos liado, tanto al caerse el estante como al venir todo el mundo a recogerme. Pensé en mi hermano. No había salido de su habitación para protestar. Me preocupé mucho. Nery y Enrique, muy atentos, se ofrecieron a acompañarme a La Boreal. Lo primero que hice al llegar fue comprobar que mi hermano estaba bien, dormía plácidamente. Me sentí mal por haberles aguado la fiesta a Nery y a Enrique, así que les invité a tomar algo. Eran ya las cuatro, y Chris llamó a mi puerta, para recoger a Nery y a Enrique. Desde fuera vio por el ventanal del salón que estaban conmigo. Los dos chicos se fueron con el novio de Emma, y yo decidí subir a mi habitación, para dormirme, ¡estaba muy cansada! Justo antes de meterme en la cama, Christian me llamó, muy acongojado. Resulta que Emma había encontrado el cadáver de Oscar en la parte de atrás de la casa, apuñalado. Lo primero que hice fue llamar a la policía.
El francés estuvo escuchándola, atento, cruzado de brazos, con un semblante serio. Solía comportarse de esa forma cuando prestaba atención a un testigo. Al ver que Elia había terminado, decidió que era turno de preguntas.
- ¿Tu hermano y Oscar vestían igual?
La duda desconcertó un poco a la chica, aunque respondió casi en seguida.
- Oscar suele vestir ropa más cara, de marca, pero sí, tienen estilos muy semejantes.
Alejandro se preguntaba qué relación tenía la ropa de Raúl con la investigación que llevaba René.
- ¿No llegaste a pensar que si tu hermano no se levantó de la cama cuando organizasteis tal jaleo… era porque él no estaba en la cama?
Esa insinuación por parte del joven detective pareció molestar sobremanera a la amiga de Alejandro, que cambió su amable expresión al momento. Ahora le miraba con un gesto desafiante e iracundo.
- ¿Qué intentas insinuar con eso, René? –Preguntó Alejandro, inmiscuyéndose conciliador.
- Vamos, Alejandro. Está claro. Fue Raúl Alcalá quién invitó a Oscar a ir a La Boreal y en vez de salir con él, decidió quedarse en casa. Eso haría que todo el mundo diese por hecho que estaba durmiendo. A eso de las once y cuarto, pudo salir de su habitación. Tú estabas intentando dormir, y su hermana estaba duchándose. Nadie le oía. Salió sigilosamente al encuentro de Oscar Zazo. Pero Oscar le había estado esperando en la piscina sin ningún éxito. Oscar salió corriendo hasta La Boreal, con la carpeta en la mano, para buscar a Raúl. ¡Precisamente estuvo lanzando chinos contra su ventana, para comprobar qué es lo que ocurría! Uno de los chinos, dio en la tuya, Alejandro. Te despertarte, él corrió hacia la oscuridad. Una vez que no lo veías, apagaste la luz, él volvió a salir fuera. En un último intento, fue otra vez al vestuario de la piscina. Un sitio discreto, ideal para una cita con un chantajista. Esta vez, Oscar descubrió que había un atajo para llegar a la piscina: el estrecho pasillo entre el invernadero y la tapia izquierda. Llegó allí en menos de medio minuto, dejando las fibras de su chándal en la rasposa tapia. Cuando fue hacia el vestuario, Raúl ya lo esperaba con un punzón para el pelo que habría encontrado por casualidad, y que curiosamente no era de Elia. Así, mantendría a su hermana mayor fuera de toda sospecha. Esperó a que su víctima, agonizante, muriera. Entonces, cuando todos estaban en Gailón, y tú, Alejandro, durmiendo plácidamente, salió hacia el cabo de los truenos. Quemó la carpeta cerca del faro, volviendo antes de que su hermana quisiera comprobar si estaba bien. ¿No lo entiendes? ¡Raúl Alcalá era el socio de Roberto Blanco! ¡Por eso no le fue difícil investigar a Oscar Zazo!
Elia Alcalá, furibunda, se levantó de golpe, echando la silla hacia atrás. Hecha un mar de lágrimas, señaló con uno de sus dedos, acusadora, a René Legraine.
- ¡No tienes derecho a decir eso! ¡No tienes derecho a acusar a mi hermano de algo así! ¡El es incapaz de matar a nadie! No, no, no tienes derecho…
Cogió su carpeta y su bolso, indignada, andando decidida en dirección a la facultad.
Alejandro no supo que hacer. Al final miró a René con un mudo reproche, y echó a andar detrás de su amiga, para intentar consolarla.
Pasaron los minutos, y René siguió sentado en la mesa de la cafetería. Chasqueó un par de veces la lengua, compadeciéndose de Elia Alcalá. Tal vez ella había llegado a la misma conclusión, pero no quería aceptarlo.
Recibió una llamada en su móvil. Era el teniente Legraine.
Al descolgar, el tío de René no espero para contarle lo sucedido:
- Maldita sea, René. ¡No te lo vas a creer! ¡Acaba de suceder algo increíble! Vila acaba de llamarme. Christian Bayo se acaba de entregar a la policía de Motril hace tan solo unos minutos. ¡Él dice que fue el asesino de Oscar Zazo! Ven a mi despacho en cuanto puedas, ¿de acuerdo? Nos vamos a Motril.

9/22/2005

CAPÍTULO XXIV: Henrietta




René tiene una acalorada conversación con Mónica Sanseverato, tras haberse percatado de que la tiene tiene mucho que esconder, sobre todo en cuando a su presencia la noche del crimen en las inmediaciones de La Boreal.







René Legraine bajó del autobús algo malhumorado. El encuentro con Mónica le había preocupado.
El camino hasta la casa de Nery lo recorrió intranquilo, caminando llevado por un oscuro presagio.
Sabía, a ciencia cierta, que quién mataba una vez podía hacerlo otra si se veía en peligro. Modestia aparte, René se veía como uno de esos peligros para el asesino. Alejandro era quizá otro peligro, por haber recurrido al mejor detective que conocía.
Durante la conversación con Mónica, descubrió que ella también lo era. El francés había sabido leer más allá de sus palabras, había adivinado en su mirada, que no le había mentido al confirmarle que ella sabía más de lo que le había dicho.
No obstante, una gran duda asaltaba al joven detective: ¿Por qué Mónica escondía información a la policía y al propio René? Lo de René se explicaba por la apatía de tanto tiempo… pero… ¿y lo de la policía?
Sólo esperaba que ella fuese consciente de que jugaba con fuego, y de que era posible quemarse.

René compuso una sonrisa de fingida amabilidad al llamar a la puerta del domicilio de la madre Nery.
Los padres de la simpática amiga de Emma se habían divorciado cuando ella tenía diecinueve años, por lo que la ruptura, al haber madurado ya, no le resultó tan traumática. Se lo supo tomar con filosofía, saliendo adelante con facilidad.
Por una parte, su padre vivía en un unifamiliar a las afueras de Granada, en el término municipal de Armilla. La madre, sin embargo, vivía en un dúplex dentro de la ciudad, en uno de los barrios más elegantes.
Fue la propia madre de Nery la que le abrió la puerta al joven detective francés. Tenía algo más de cuarenta años, y unos rasgos tan simpáticos como los de su hija, y el pelo igual de rubio.
Se la veía muy agradable en el trato, y durante el recorrido a la terraza donde le esperaba Nery, comentó con humor que su hija estaba visiblemente contrariada por haberse visto implicada en un asunto tan feo. René afirmó con la cabeza, de forma simpática, limitándose a mostrarse decidido a atrapar al asesino con la ayuda de la policía.
Desde la última vez que la vio, debido al trasnoche debido al asesinato, Nery había mejorado su aspecto bastante. Estaba sentada en un sillón de mimbre, con un libro abierto en su regazo. Su belleza radicaba en la naturalidad de sus facciones y en un pelo dorado, recogido en dos coletas a ambos lados de la nuca.
Le saludó con un par de besos, sentándose René frente a ella, en la pequeña mesa de la terraza.
Nery comenzó preguntándole por Alejandro. Sorprendido ante la coincidencia con Mónica, René contestó que se encontraba un tanto confuso por lo sucedido.
- Así estamos todos, -repuso Nery- ¡es un fastidio que alguien decidiera matar a ese chico tan simpático en La Boreal, y precisamente esa noche…! De eso quería hablar contigo.
El francés celebró que la chica fuese de las que iban al grano sin tener que dar inútiles rodeos sobre el asunto.
- Como sé que Alejandro Sabatini recurrió a ti cuando se topó ante el crimen, he decidido hacer lo mismo cuando recordé ciertas cosas que pasaron la noche del viernes, y que parece que había olvidado.
- Lo que me preocupa, -siguió Nery- fueron unos pasos. Eran las once y cinco o y diez. Yo estaba maquillándome en el cuarto de baño, Elia acababa de llegar. No presté atención a lo que estuve oyendo mientras, pero cuando llegué a Granada y me estaba maquillando, lo recordé.
- ¿Oíste unos pasos?
- Sí. Eran de alguien que estaba corriendo. Mi ventana da al camino a la piscina, supuse que eran de alguien que iba o venía de allí.
René bebió un trago del zumo de frutas que le acababa de ofrecer la madre de Nery.
- No sabrías decirme si eran de alguien que iba o venía, ¿verdad?
Nery negó con la cabeza, sentía no saberlo. No recordaba ese detalle.
El francés siguió preguntando.
- ¿Sabrías si los pasos se hicieron con zapatos de hombre o de tacón?
- ¡Oh, no, en absoluto! Se oían las pisadas de cuando alguien corre con unas zapatillas de deporte sobre un terreno asfaltado de cierta manera, como es el caso del camino a la piscina. Al día siguiente me di cuenta de que una capa de cemento cubría el sendero entre los setos.
Algo iluminó la mirada del joven detective.
- Si oíste los golpazos fue porque quién estaba corriendo frenó de golpe. Me atrevería a afirmar que a quién oíste correr volvía de la piscina a toda prisa, y aminoró su velocidad al asomarse a la entrada del edificio, para vigilar a quién veía. –René pensaba en sus propias palabras- Nery… ¿Dónde estaban Enrique y Emma?
A la chica no le hizo falta tiempo, lo recordaba bastante bien.
- Emma estaba en el salón, bajó a recibir a Elia. Enrique estaría en su habitación, que estaba en la planta de arriba. Mi habitación estaba en la primera planta, y el cuarto de baño que usé, también. No lo vi hasta que acompañé a Elia hasta la puerta de su casa. Estaba hablando con Emma.
- Fuera de la casa, por lo que tengo entendido, solo estaba Oscar. Así es que tuvo que ser él a quién tuviste que escuchar. –René meditó de nuevo, quedándose en silencio unos instantes, bajo la atenta mirada de Nery- Pero ¿entonces, si salió de la piscina a esa hora, dónde estuvo hasta que tú lo viste tirando piedras a la ventana de Alejandro y saliendo de La Boreal a toda prisa?
- No lo sé.
Repentinamente, después de su respuesta, la expresión de Nery cambió. Abrió los ojos por un momento. Se mordió el labio inferior.
- René, hay algo… que me resulta… extraño. Tengo la sensación de haberle mentido a mucha gente.
Ahora fue René el que arqueó las cejas.
- ¿A que te refieres, Nery?
- Cuando conté lo que vi, le dije a la policía que vi a Oscar Zazo lanzando algo contra el cristal de Alejandro, y cuando se vio sorprendido, salió corriendo de La Boreal. Pues bien, creo que me he equivocado.
Nery hablaba más para sí misma que para René, que la escuchaba curioso cómo la simpática amiga de Emma Valverde admitía su equivocación con toda naturalidad, como si en realidad se tratase de algo menos importante de lo que era.
- ¿Acaso no tiró nada al cristal de Alejandro?
- No, no es eso. Es que yo recuerdo que lo vi alejarse corriendo, pero no lo vi… saliendo de La Boreal. Lo vi solamente corriendo en dirección a la salida. Me volví antes de que pudiera verlo salir por la verja.
René se quedó helado, al igual que ya lo estaba Nery. Las dudas aumentaban, pero se abría una nueva posibilidad. A las once y media, la hora en que lo vieron Alejandro y Nery, Oscar pudo haberse quedado apartado de la casa, pero dentro de La Boreal y eso facilitaba dar una explicar al estrecho margen de media hora en el que tuvo que ser asesinado. A pesar de que a partir de las doce menos veinte, no hubo ni un solo minuto en el que en la entrada de la casa no hubiera nadie.
Consciente de la importancia de lo que acaba de decir, Nery agravó su gesto, de modo que ya no parecía la ingenua amiga de Emma, sino alguien mucho más responsable.
René se puso de pie, se apoyó en la barandilla, y meditó profundamente acerca de lo que tenía en manos. Situó a Oscar Zazo en cada uno de los lugares donde estuvo.
A las once salió de casa, a las once y media estaba frente a la casa. Antes de las doce, volvió a la piscina y murió.
En ese intervalo maldito, la mayoría parecían tener coartada, para desesperación del joven detective.
Tras un rato en silencio, Nery habló de nuevo.
- Por cierto, tienes que hacerme un favor, René.
- De qué se trata.
- Es algo que Alejandro me dejó cuando estuvimos en La Boreal, y no he tenido oportunidad de devolverle. Supongo que tú lo verás antes que yo, y podrás devolvérselo. Ven.
René siguió a Nery hasta su habitación. De uno de los cajones, la chica sacó un pañuelo negro, de los favoritos de Alejandro. Fue el único que se llevó al viaje, y el que le dejó a la chica durante la mañana de los interrogatorios.
Nery se lo tendió a René, pero el francés estaba pendiente de la puerta de la habitación.
Había unas pequeños ositos de peluche pegados a ella. Colgando de cada uno había una letra de madera. Había nueve osos, que formaban el nombre Henrietta.
La chica siguió la mirada del joven detective y explicó la dualidad de su nombre.
- Mi familia por parte de padre viene de Devon, en Inglaterra. De hecho, mis primeros cinco años los viví allí. También me bautizaron en Inglaterra, y me llamaron Henrietta. La verdad es que me gusta mi nombre. Sin embargo, cuando vinimos a España, en el registro quedé registrada como Enriqueta. ¡Enriqueta no me gusta! Por eso dije desde siempre que me llamaran Nery. Es un buen apócope, ¿no crees?
René tardó un poco en responder. No estaba en la habitación con ella, sino lejos de allí. A su mente vino la nota rota en pedazos que encontraron junto al faro. Intentó imaginarse a Oscar Zazo escribiendo a toda prisa sobre el papel, frente a un e mail. Vino la imagen de su equivocación, de Oscar rescribiendo el nombre Henrietta sobre uno erróneo debido a las prisas. ¿Pero pudo haber matado ella a Oscar? En absoluto. No había dudas al respecto.
- ¿Alguien te llama Henrietta actualmente?
- Mi padre. Lo hace con un acento inglés bastante gracioso –respondió Nery con una sonrisa.
El francés se la quedó mirando, con un gesto frío.
Se despidió con amabilidad tanto de Nery como de su madre, prometiéndole llevar a Alejandro el pañuelo que había prestado.


Emma Valverde ya estaba en Granada.
Después de comer con su familia, había estado un rato en casa de Christian Bayo. Cada vez su novio estaba más preocupado, pero ella apenas se había dado cuenta. La tarde se paso entre besos, arrumacos y caricias, pero también con miradas acusadoras por parte de Chris y silencios tensos.
La culpa de que Emma no se percatara del extraño comportamiento de su novio residía en una llamada de teléfono, que la chica había recibido en su móvil mientras iba a casa de su novio.
Juan Antonio Lymas, gerente de la agencia de detectives en la que trabajaba, quería verla en su despacho a las siete en punto de la tarde. Sin falta. Una nueva misión le sería encomendada.
Así pues, a las siete menos cinco de la tarde, Emma Valverde ya se había despedido de Chris, y salía de su casa rumbo a Onnyx.
Eran las siete de la tarde en punto. La chica ya se encontraba detrás de la secretaria de Lymas, que fue a llamar al despacho de su jefe.
La hermana de Enrique entró al despacho de formas frías y estilo minimalista. El señor Lymas la esperaba sentado en su enorme escritorio, con cara de pocos amigos.
- La esperaba. Siéntese.
Emma obedeció su orden y luego permaneció expectante , atenta a sus órdenes.
El ejecutivo se puso de pie, cerrando la pluma con la que acababa de escribir. Se cruzó de brazos y comenzó a pasear por el despacho mientras hablaba con su joven empleada.
- La he mandado llamar porque es una de las pocas agentes de Onnyx que puede ayudarme. Ahora mismo no se encuentra dentro de ningún caso. Además, he oído que usted se encontraba casualmente en Gailón durante el asesinato de Oscar Zazo.
- Así es, señor Lymas –afirmó Emma- . He estado implicada en ese caso de manera directa.
- Ha estado, no, señorita Valverde. Está. –Corrigió Lymas- Le recuerdo que el caso sigue abierto.
- Espero que por poco tiempo.
- Yo también lo espero, señorita Valverde, créame. Me produce mucha inquietud lo que está ocurriendo. El asesinato de uno de mis mejores agentes del área joven, en el que está implicada otra de nuestras jóvenes agentes.
A pesar de que el gerente de Onnyx se encontraba hablando a sus espaldas, Emma no giró en ningún momento la cabeza.
- ¿Conocía a Oscar Zazo, señorita Valverde?
- Lo conocía bastante bien. Lamenté mucho encontrar su cadáver delante del vestuario de la piscina de mi casa. Fue bastante desagradable, como se imagina.
Lymas observó atento la nuca de su empleada. Le gustaba bastante su determinación y la profesionalidad con la que se dirigía a él. A diferencia de otros agentes de Onnyx de su edad, Emma Valverde era capaz de usar un lenguaje respetuoso sin caer en fórmulas pedantes.
- El trabajo que tengo para usted es bastante importante. –Anunció el jefe de Emma- Tan sólo espero que sea consciente de la responsabilidad que dejo en sus manos. Atendemos la petición desconcertada que nos hace la señora Rivera. Supongo que sabrá que se trata de la concejala de Urbanismo del Ayuntamiento de Granada. Su sobrino, Roberto Blanco, murió hace poco tiempo…
Emma, rompiendo con su imagen, giró la cabeza para mirar fijamente a los ojos de su jefe, interrumpiéndole alarmada.
- ¿A que se refiere?
Lymas se volvió a sentar en su asiento, y una vez allí continuó hablando.
- Necesito que continúe el trabajo que realizó Oscar Zazo. Necesito que encuentre al enigmático socio con el que Roberto Blanco compartía los cuantiosos beneficios del tráfico de drogas.
La hermana pequeña de Enrique frunció el ceño, confusa.
- Perdone, señor Lymas, pero pensaba que ese asunto se lo encargó a C-97, a…
- Le han informado mal, -la interrumpió Lymas con una sonrisa amable pero autoritaria- C-97 está buscando al asesino de Oscar Zazo. Pero no anda descaminada con mencionarla, esta persona va a trabajar con usted. Se trata de una colaboración. No sé si sabe que puede que ambas estén buscando a la misma persona. De todas maneras, previniendo, he dispuesto que comiencen a seguir los mismos indicios. Tal vez llegue el momento en que se separen sus caminos… pero también estamos preparados para eso.
Unos golpes sonaron en la puerta del despacho.
- Adelante, -ordenó Lymas.
La rubia secretaria entró, seguida del agente C-97.
La colaboración entre agentes planeada por Juan Antonio acababa de comenzar.