4/14/2005

CAPÍTULO 7: Comienza la intriga




Cuando Elia vuelve a La Boreal después de la visita al faro del cabo de los Truenos, se topa sorprendida con la llegada de su hermano, y de Oscar, el amigo de este. Pese a que al principio no le hace gracia, acaba aceptando a los dos huéspedes sorpresa





Todos se sentaron a la mesa unos quince minutos después, un poco antes de las diez. Elia se había sabido defender en la cocina. Cuatro suculentos platos de pasta fueron el resultado. Aunque las cenas frías no era la predilección de Alejandro, se la tomó en seguida. Estaba buenísima.
Raúl estaba un poco desganado. Había conseguido lo que quería, sin ceder hasta que lograra un beneplácito de su hermana. Sin embargo, en la cena, el chico de quince años apenas levantó su mirada del plato.
Oscar parecía hablar por él. Mantuvo una conversación distendida con Alejandro sobre varios temas. Si al principio pensó que era pedante, Alejandro ahora opinaba que, ahora también, era alguien con criterio a la hora de dar su opinión.
Elia también mostró su acuerdo o desacuerdo durante la cena, pero a ratos estaba como su hermano. Miraba inexpresiva su plato, su vaso, o la tele.
El postre consistió en un helado de frambuesa que Elia trajo del congelador. Ninguno de los comensales dejó algo para luego, porque el helado estaba demasiado rico. Incluso Alejandro y Raúl repitieron.
Elia le pidió a su hermano que se llevara los platos, y Raúl obedeció. ¿No estaba siendo muy sumiso? A espaldas de Oscar, Elia le aclaró a Alex que su hermano no solía ser así. Al momento, volvió.
A las diez y cuarto, Oscar dijo que quería una lata de refresco, y Elia le pidió que le trajese otra. Los vasos y la bandeja de hielo ya estaban en la mesa desde la cena. Oscar apenas tardó un minuto en ir a la cocina, sacar las latas de la nevera y llevarlas al salón.
Los cuatro estuvieron hablando unos minutos. Elia le preguntó a su hermano si iba a salir, y él respondió que tanto él como Oscar saldrían juntos más tarde. Ella aclaró que había quedado con los Valverde sobre las once. Alejandro manifestó sus ganas de acostarse temprano. Decidió que se iba a quedar en su cuarto, leyendo.
Una mirada de desconfianza cruzó por un momento los ojos de Raúl cuando escuchó al amigote su hermana. ¿Por qué se iba a quedar solo?
- Voy a por un vaso de té. –Dijo.
Se levantó y fue corriendo hasta la cocina. Allí, en el poyete, estaba aún la mochila de Alejandro, y dos misteriosos sobres, con algún tipo de medicamento.
Alejandro empezó a notar a partir de las diez y media cómo Oscar empezaba a ponerse algo nervioso. Hasta entonces el chaval había tenido una seguridad un tanto arrogante. Sin embargo, llegó un momento en el que Elia y Alex se quedaron callados. Raúl llegó con su vaso de té frío y se sentó a la mesa, mas sin decir nada también. Oscar no sabía de que hablar, y empezó a jugar con su gorra blanca por debajo de la mesa. Miró la hora un par de veces. Mostró su deseo en irse al cuarto un momento, pero rehusó que Raúl le acompañara.
- ¡Vaya! –Exclamó Elia de repente.
- ¿Qué ocurre? –Respondió su hermano.
- Nada… es que me he dejado esta tarde el bikini en el tendedero de la piscina.
Alejandro iba a recordarle a su amiga que tenía que darle algo a Nery, pero se le olvidó. A su mente vino en ese momento el sobre de dormitol.
Presto en su tarea, se levantó de la mesa y anduvo a grandes zancadas hasta la cocina. Cogió uno de los dos sobres azules de dormitol que aún le esperaban en el poyete.
Alejandro masculló por lo bajo. Ese sobre estaba vacío.
¿Quién más podría tener problemas de sueño en esa casa?
Recordó que Oscar fue un momento a la cocina después de comer. Así como Raúl, cuando fue a por su té.
No tenía ganas de darle más vueltas al asunto. Alejandro rasgó el otro sobre y lo echó en un vaso de agua, siguiendo las instrucciones. Removió el preparado con una cucharilla, y se lo bebió de un trago.
Volvió al comedor, pero sintió el impulso de ver su teléfono móvil de nuevo.
Eran las once menos cuarto.
Subió las escaleras de dos en dos, hasta llegar a la segunda planta, donde estaba su cuarto y una terraza. Antes de cenar, Alex había cogido su cartera y su móvil de la mochila y los había dejado en la cama. Al coger el móvil, vio un mensaje. Era de su madre, preguntándole porqué no cogía su teléfono.
Después de leer el mensaje de Fernando, Alejandro escuchó un ruido de fondo: alguien estaba bajando las escaleras. Sólo podía ser Oscar. ¿A dónde iría a esas horas? Buscaría a Raúl, que estaba en la piscina con Elia, buscando a su vez el bikini.
Oyó el ruido de la puerta al cerrarse a través de su ventana, pero no vio nada, al asomarse. Su habitación daba a la entrada principal de La Boreal. Se quedó mirando la noche. Comprobó, satisfecho, que el medicamento comenzaba a hacer efecto. Serían ya cerca de las once, y Alejandro soltaba su primer bostezo. Se sentó en la cama, haciendo algunas llamadas por el móvil.
Oyendo de fondo el sonido del péndulo del salón, que marcaba medias y enteras, a Alejandro le sorprendió oír la puerta de la calle por segunda vez.
Al rato, Alex bajó por las escaleras para verde quién se trataba. Cuando entró al salón, vio a Raúl tumbado en el sofá.
- ¿Y tu hermana?
- Ha cogido un punzón para el pelo y se ha ido a la parte de los Valverde. Al parecer, Nery necesitaba uno. –Le respondió Raúl, sin abandonar una mirada desafiante y desconfiada.
Alex como única respuesta soltó un murmullo de acuerdo.
Raúl soltó un sonoro bostezo y preguntó por su amigo Oscar.
- No está. Se acaba de marchar hace un momento.
La incredulidad tomó a Raúl, que abandonó por un momento su altivez con el amigo de su hermana.
- ¿Ya? ¡Será posible! Le dije en la cocina que podría quedar con algunas amigas mías, porque yo no iba a salir. ¡Pero no sabía que ese maldito zorro iba a salir tan temprano a por ellas!
- ¿Por qué no vas a salir?
Raúl iba a responderle cuando un ruido afuera le interrumpió. Elia subió las escaleras y pasó a la entrada, con una sonrisa y el rostro arrebolado.
- ¡Madre mía que estrés, no llego a nada! –Dijo a modo de saludo- ¿Tú no te ibas a la cama, Raúl?
Pese a que podría haber sido desagradable con la pregunta, Elia lo dijo con una ternura que su hermano notó al momento.
- Sí, -anunció Raúl- yo me voy a la cama.
Con un paso pesado, fue subiendo las escaleras. Alejandro le miró y soltó el segundo bostezo, sin apenas abrir la boca.
- Yo no voy a tardar mucho, Elia, estoy que me muero de sueño. No me apetece ir allí, ¿puedes despedirme de los demás hasta mañana?
- Bueno. Pero ahora mismo he venido a otra cosa.
Los tres subieron los escalones. En la primera planta Raúl se metió en su habitación y cerró la puerta. Elia se quedó en el cuarto de baño que compartía con su hermano.
- Yo voy a maquillarme. Podrías esperarme y luego ir un rato a casa de Emma y Enrique. Luego, nosotros vamos a salir, y tú te vas a la cama.
- Pero Elia, estoy muy cansado… ¿no se pueden esperar a mañana? –Alejandro se interrumpió para bostezar de nuevo.
- Como tú quieras. Yo voy a estar aquí todo el rato. Antes de irme me despediré de ti. Hasta entonces tienes tiempo de pensártelo.
Alejandro asintió conforme y subió las escaleras para entrar en su cuarto.
Elia se metió en el cuarto de baño pensando en su amigo, y cerró la puerta. Sacó su bolsa de maquillaje, y sostuvo uno de sus punzones favoritos en la mano. Accidentalmente en la piscina se había acordado del punzón que le había prometido a Nery prestarle.
Por fortuna, se encontró uno en una de las tumbonas, que era bastante bonito. A Nery le había encantado. Se miró el pelo. ¡Que horror!
Abrió el grifo de la ducha y se empezó a desnudar.

Emma miró, en su cuarto de baño, el reloj. Eran las once y cinco pasadas. Nery ya se estaba probando el punzón para el pelo que le acababa de dar Elia, con su vestido oriental a medio abrochar.
Sin hacer ruido, la hermana de Enrique bajó las escaleras al salón, con un gesto preocupado.
Nery, como siempre, no había notado la preocupación de su amiga a raíz de la descripción que hizo ella misma del recién llegado a La Boreal. Sin embargo, no le había sido indiferente el pestañeo de su amiga. Nery sonrió levemente. A lo mejor Emma conocía a ese tal Oscar de algo…

Eran las once y media. En la planta de arriba Alejandro estaba haciendo un esfuerzo por dormir. A pesar del medicamento, al tumbarse en la cama se le fue el sueño. Cerró los ojos varias veces, pero siempre los acababa abriendo. Por si fuera poco, el ruido del escandaloso secador de pelo de Elia no lo ayudaba en su tarea.
“Maldita sea –se dijo- yo he venido aquí a descansar de todo.”
Por ser alguien de poca paciencia, Alejandro no tardó en sentarse en la cama, desesperado. Miró por toda la habitación a oscuras, hasta que distinguió su maleta. Buscó en ella su discman, sin encontrarlo.
Teniendo en cuenta que ya estaba sólo en boxers, a Alejandro le pareció poco conveniente bajar al salón en dónde había tenido la genial idea de dejárselo. Pero aguantar hasta quedarse dormido sin su discman…
Se tumbó de nuevo en la cama. Oía el secador. Supuso que Elia estaría arreglándose aún. Nadie había bajado a la entrada, había un silencio absoluto.
Un golpecito cercano despertó su curiosidad. Sonó alguna cosa que chocó en el cristal de su ventanal. Alejandro, decidido, encendió la luz y se puso unos piratas vaqueros.
Se asomó al ventanal, pero sólo vio a una persona corriendo. Entre las sombras, Alejandro distinguió un chándal blanco y una gorra deportiva. Era Oscar Zazo, que corría para salir de la casa.
Petrificado, volvió a sentarse en la cama una vez que Oscar desapareció entre las sombras de nuevo. ¿Habría vuelto a por Raúl? Raúl dormía en la habitación de abajo. El sonido de su ventana pudo ser perfectamente el de una china dando en el cristal de la ventana. Quizás Oscar tuvo mala puntería, y al ver cómo se encendía la luz de la habitación de arriba, salió corriendo.
Solo, en la cama, Alejandro comenzó a reírse, sin estar en absoluto adormilado. Seguro que a Elia le iba a parecer muy gracioso. Aún oía el secador del pelo.
Se puso sus chanclas y una camiseta de tirantes, y bajó como pudo las escaleras hasta el primer piso. Se dirigió al cuarto de baño y llamó a la puerta.
- ¡Pasa!
Alejandro obedeció a la voz de su amiga y entró dentro.
La estampa era bastante cómica. Elia, con el pelo a medio peinar, controlaba como podía un torrente de artículos de higiene personal que amenazaban con caerse al suelo. Una de las argollas que sujetaba la estantería había cedido, de modo que la pobre se enfrentaba a esa broma pesada.
Su amigo no tardó en ayudarla, y aún así no pudo evitar que muchos frascos cayeran al suelo, algunos de cristal. Solo dos de ellos se hicieron añicos. Pero el estruendo fue infernal.
- ¡Madre mía! –Gritó entre risas Elia- ¡Ahora sí que llego tarde! ¡Y seguro que hemos despertado a mi hermano!
Alejandro miró el caos y puso los brazos en jarras.
- Termina y vete, anda. Yo me encargaré de este desaguisado.
- No, hombre, te voy a ayudar.
Llamaron abajo. Eran Emma, Nery, Christian y Claude. Llevaban esperando mucho tiempo. ¿Qué le faltaba a Elia?
Alejandro decidió abrir la puerta e invitarles a subir. Los cuatro chicos entraron al domicilio de los Alcalá, recriminándole a Alejandro que aún no estuviera listo. Al principio ni Christian ni Nery aceptaron la negativa de Alejandro, pero lo acabaron entendiendo. Entre todos fueron atosigando a Elia, que estaba intentando recoger el cuarto de baño.
Acabaron por convencerla de que lo hiciese al día siguiente.
Alejandro los despidió a todos.
Subió a su cuarto, y desde su ventana, les vio alejarse de la entrada de La Boreal.
¡Eran ya las doce menos diez minutos! ¡Estaba muerto de sueño!
Cayó rendido en la cama, por fin.

Ignoró entonces por completo los acontecimientos que siguieron esa noche.

1 Comments:

Blogger TaBLeRo said...

Capítulo 8: EL PRESENTIMIENTO

21 de Abril, Jueves

Recordando preocupada que su hermano no se despertó tras todo el barullo que liaron al irse, Elia decide volver a La Boreal para ver si todo va bien. Enrique y Nery la acompañan. Más tarde llegarán Christian junto con Emma, que antes de entrar a su casa, decide pasar por la piscina.

11:46 PM  

Publicar un comentario en la entrada

<< Home