6/02/2005

CAPÍTULO XIV: Sospechas



Emma confiesa que conocía a Oscar Zazo: ambos trabajaban en Onnyx, una afamada agencia de detectives, en misiones similares. Alejandro después, vuelve a ver de nuevo a la chica misteriosa con la que ya se había cruzado el primer día.



La actitud de Enrique Valverde provocó una situación bastante incómoda. Ninguno sabía qué decir. El que estaba más avergonzado era Alejandro, que no supo cómo defenderse ante el indirecto ataque de Enrique. ¿Cómo le podía demostrar que estuvo durmiendo toda la noche?
En ese momento, el chico se dio cuenta de que no las tenía todas consigo. La policía podía pensar que él apuñaló a Oscar en el vestuario a eso de medianoche, cuando todos los demás estaban camino de la discoteca, y Raúl estaba durmiendo a pierna suelta.
Sintió cómo un escalofrío le estremecía por completo ¡Él no era un asesino! Ni lo fue en navidad, ni lo era ahora.
¡Maldita la casualidad! ¿Por qué se veía ahora frente a otro asesinato sin aclarar? ¿Quizá estaba señalado por el destino para que no se volviese a cometer el asesinato perfecto? ¿Quizá él era una especie de elegido que avisara a René Legraine en cuanto el crimen se manifestara?
Demasiadas fantasías, se dijo.
- ¿Tú que vas a hacer, Alex? –Preguntó Elia, refiriéndose a si se iba a Granada- ¿Te vas a marchar a Granada también?
- No… yo no. Me voy a quedar en Almuñecar hasta mañana por la mañana. Me he ofrecido a acompañar a un amigo hasta que volvamos, en lugar de irme con mis padres.
- ¿Qué os traéis entre manos René y tú? –Preguntó Emma, lanzándole un guiño.
Alejandro se encogió de hombros.
- Nada. Pero su idea me ha convencido. Mis padres no han puesto pegas, y no creo que lo haga la policía.
Enrique Valverde le miró algo insidioso.
- ¿Ah, sí? ¿Y por que no crees que lo hagan?
- René Legraine es sobrino de uno de los tenientes más populares de la policía de Granada, aparte de ser el mejor detective que conozco. –Replicó Alejandro mientras echaba hacia atrás la cabeza y entornaba la mirada- Si yo fuera el asesino, sería como meterme en la boca del lobo.
Enrique iba a replicar algo, pero su hermana le interrumpió bruscamente, tomándole de la muñeca al hablarle.
- ¿Ya sabes quién es?
La mayoría de los allí presentes se quedaron algo asombrados ante lo inusual de la pregunta de Emma a su hermano. Pero él pareció haberla comprendido perfectamente.
- ¿De quién habláis? –Indagó Nery, súbitamente intrigada por la intervención de Emma.
- De nadie, -Enrique respondió de una manera un tanto seca, antes de que su hermana pudiese decir alguna otra cosa.
Pero Emma no era de las que se callaban.
- Será mejor que lo digas.
- ¿Decir el qué?
La pregunta de Christian no hizo sino irritar aún más a Enrique Valverde. Miró con furia a su hermana, resuelta a responder a la pregunta de su novio.
- Cuando fuimos a recoger a Elia a su casa, Enrique nos esperó abajo. Pues bien, en ese intervalo de diez minutos, Enrique le dijo a la policía que vio a alguien en la entrada de La Boreal.
Emma dejó una pausa. Los jóvenes que allí estaban reunidos la miraron, absortos. Expectante, Elia había dejado de acariciar a su hermano.
Aún enfurecido, Enrique decidió seguir por ella:
- Era una chica, morena de pelo largo. Como Elia, aunque sabemos de sobra que no era Elia. Estaba fumándose un cigarro detrás de la verja, y desde allí me observaba muy tranquila. Se me heló la sangre. Entré dentro de la casa de los Alcalá hasta que bajasteis, y me di cuenta de que ya no estaba.
- ¿La conoces? –Preguntó Elia.
- Es vecina de La Aurora, pero no la conozco. No recuerdo cuando fue la última vez que la vi, pero he visto su cara ya otras veces. El verano pasado, por ejemplo.
- Lo que dices tiene su coherencia, -se burló Alejandro- una misteriosa chica fumando en la puerta de La Boreal… una sombra oscura al acecho… y ¡qué curioso! Eso fue cuando estabas esperando a Elia, es decir, que no hacía ni quince minutos que Nery y yo vimos a Oscar Zazo salir corriendo de la casa.
Enrique se levantó, indignado.
- ¿Qué quieres decir con eso, Alex?
- En diez minutos da tiempo de hacer muchas cosas.
- ¡Maldito…!
El hermano de Emma se levantó de su asiento, pero su hermana le cogió del brazo, y defendió a Alejandro.
- Si tú desconfías de él… ¿Por qué no va a desconfiar él de ti? Tenemos que hacernos a la idea de que, sin tener en cuenta la historia de la chica que viste, todos somos sospechosos.
- Emma, -dijo Chris, observando cómo se volvía a sentar Enrique- yo creo que algunos tenéis una coartada bastante fiable. Yo estuve a tu lado toda la noche, y Nery estuvo con nosotros, y más tarde con Elia y Enrique. Elia igual, desde la última vez que se vio a Oscar vivo, estuvo acompañada de Alejandro primero, y de Nery después.
- Pero sería injusto pensar que pudo ser Enrique, o Alejandro. Yo creo en tu historia, Enrique, no eres de los que se imaginan las cosas. Y también creo en Alejandro, se tomó el dormitol delante mía, así que estoy segura de que estuvo durmiendo toda la noche. Por lo tanto… -Elia dejó la frase en el aire, no supo qué añadir.
- Entonces, -intervino Alejandro- ¿tú qué crees que pasó?
Elia movió la cabeza. Era evidente su confusión.
- No lo sé, no lo sé… supongo que alguien quedó con Oscar. Algo ocurrió para que volviera a La Boreal, e intentara despertar a mi hermano. Al ver que lo que había hecho era despertar a Alejandro, salió corriendo. Volvió cuando todos o estábamos fuera o estábamos durmiendo, marchó hacia la piscina, y allí le tuvo que matar alguien.
Un expresivo silencio pareció darle la razón a Elia. Ninguno de ellos se atrevió a dar otra versión, porque todos se preguntaban quién había podido ser… y si el asesino estaba entre ellos.

En el mismo momento en que los jóvenes hacían sus conjeturas, Vila hablaba por teléfono con el inspector Legraine, de la comisaría de Granada. Los dos policías habían colaborado en varias ocasiones, de modo que existía una cierta complicidad entre ellos. La confianza hacía que el teniente de policía hablase con libertad, y pudiese hacerle a Vila tantas preguntas como quisiera.
Llegado el momento en que Legraine le pidió un favor a Vila, no se pudo negar. En primer lugar, el teniente le pidió su opinión acerca del crimen, y de los sospechosos.
- Me lleva una corazonada, -comenzó el de Motril- pero creo que el asesino es uno de esos chavales. Alguno de ellos pudo haber apuñalado a Oscar, citándose con él en la piscina. El problema es que hay algunas coartadas muy sólidas, y el forense Olmedo me ha dado un margen de tiempo muy ajustado. Según él, Oscar murió entre las diez y medianoche, ni antes ni después. Por otro lado, hay testigos que vieron a Oscar vivo a las once y media. El crimen, por tanto, debió de ser cometido en ese periodo de media hora.
- ¿Quiénes son sus “favoritos”? –Preguntó Legraine, partidario de ir al grano.
Vila contestó sin aparentes dudas.
- Christian Bayo y Enrique Valverde.
- Supongo que tendrá sus motivos para pensar que…
- Los tengo, -le interrumpió Vila- pero son aún muy borrosos, no los sé demostrar. En primer lugar, el testimonio del novio de Emma me pareció muy extraño. Hablé con él después de hablar con Emma Valverde. Según vi, no hubo contacto entre la pareja entre una entrevista y otra, y, sin embargo, algo me olía a chamusquina. Christian dice que estuvo acompañado por Claude Bléssert desde las doce menos veinticinco, que fue a recogerlo, hasta las tres y media de la mañana. Entonces Claude se quedó en la discoteca, mientras que Emma y Christian volvían a La Boreal. Antes de las doce menos veinticinco, no quiso justificar sus movimientos. Sus padres me han dicho que se fue de casa a eso de las once y veinte, justo cuando Oscar Zazo salía corriendo de La Boreal.
Legraine escuchaba atento a su interlocutor. Se vio con la libertad suficiente para opinar.
- Eso nos da un margen de quince minutos bastante sugestivo, ¿no es cierto?
Vila sonrió con ironía.
- Veo que comprende mi punto de vista.
- ¿Cuáles son los motivos para sospechar del primogénito de los Valverde?
- Nos relató una historia un tanto fantástica, acerca de una chica joven, que vio en los aledaños de La Boreal. Nos dijo que fumaba tranquilamente, y que lo observaba de manera intimidatorio. Decidí darle crédito al principio, pero ahora… no estoy seguro. El chaval estuvo cerca de diez minutos solo, entre las doce menos cuarto y las menos cinco. A esa hora podría encontrarse Oscar esperándole en la piscina. He hecho un experimento con uno de mis agentes, y he comprobado que corriendo a toda velocidad, se tarda desde el hall de La Boreal hasta el vestuario unos treinta segundos. A Enrique Valverde le dio tiempo de sobra a dirigirse a toda prisa hacía el vestuario, apuñalar a Oscar, dejarle moribundo, y volver al hall. Pienso, incluso, que Enrique acompañó a Oscar Zazo a la piscina cuando el chico volvió a entrar en la casa.
- ¿Sospecha de alguno más, Vila?
- Bueno… en realidad… encuentro algo extraño en los hermanos Alcalá. Elia parece cuidar mucho de su hermano. Anoche interrumpió su jarana porque Raúl no se había despertado al oír los ruidos que produjo cuando a ella se le cayó uno de los estantes del cuarto de baño. Yo, si quiere que le diga la verdad, pienso otra cosa. Si se piensa bien, uno se da cuenta de que a quién invitó Raúl fue a Oscar. Él fue quien lo trajo a La Boreal. Su decisión de quedarse en casa a dormir es muy sospechosa. ¿Sabe qué es lo que pienso? Que a lo mejor Raúl Alcalá no se despertó cuando escuchó a su hermana, porque para entonces él ya no estaba durmiendo, ni siquiera en su cuarto.
Raúl bien podría haber salido de su habitación, y esperar a Oscar en la piscina. Antes de la doce, cuando la mayoría ya había salido a la discoteca, y Alejandro Sabatini estaba durmiendo, Raúl pudo haber apuñalado a Oscar, y volver a su cama, dónde más tarde le encontró su hermana Elia.
- ¿Por qué sospecha también de la hermana de Raúl?
- El arma del crimen. Como le dije antes, Oscar Zazo fue apuñalado por un punzón para el pelo. Son los que usan ahora las chicas, colocándoselo en moños imposibles, al estilo oriental. La única persona que usa un complemento así, es Elia Alcalá. Aunque también hay que tener en cuenta que el punzón era propiedad de Emma Valverde. Las dos chicas tienen dos iguales. Según me ha contado Elia, cuando esta mañana me ha enseñado el suyo, se lo compraron juntas en unos puestos, en la feria de Gailón, en el verano del 2003.
- Interesante. Esto es interesante. No sé quejará, Vila. Este crimen no es como los que se pueden encontrar normalmente.
- Estoy aún a oscuras, Legraine. Todavía no sé el motivo por el que se cargaron al chico.
- Supongo que para eso necesitará la orden de registro.
- De hecho, ya la he encargado.
Legraine, al igual que su sobrino, era un tipo bastante astuto. Por lo tanto, la conversación con su compañero perseguía un fin determinado: meter las narices donde no le llaman.
Vila era de un rango inferior. Estaba sometido a la voluntad de Legraine, pero al tío de René no le gustaba mostrar sus intenciones de manera demasiado directa.
- Si quiere, Vila, le puedo ayudar. Aquí en Granada no hay ningún asunto de vital importancia. Si le soy sincero, su crimen me ha abierto el apetito. No es mi deseo arrebatarle su caso, sino, simplemente, y si me lo permite, echarle una mano.
Vila era consciente de que aparte de entrometido, el teniente Legraine era sagaz, inteligente y un grato aliado. La situación en La Boreal era un tanto incómoda, ahora se trataba de lidiar con los padres de los chicos implicados en el crimen. Debía, por tanto, cerrar filas y buscarse a alguien que le ayudara.
- Sería un gran honor para mi, -anunció- no veo problema en que me ayude con este caso. ¿Quiere venir a Motril, o que vaya yo a Granada? Dado que el crimen se ha cometido en la costa, le recomendaría la primera opción, sería más… cómoda.
“Como un gato cuando se frota contra la pernera del pantalón de su amo”, se dijo el teniente. Más le vale. Si no me invitara él, me entrometería yo.
- Si le parece, le ayudaré en cuanto a la relación del crimen en Granada. –Propuso- Si le parece bien, yo efectuaré el registro en la habitación de la victima, y más tarde, viajaré a Motril mañana, para hacerle partícipe de todo lo que encuentre, que sea de nuestro interés.
El acuerdo le pareció correcto a Vila. Si hubiese sido cualquier otro policía, no habría dado su brazo a torcer tan fácilmente. Tratándose del teniente Legraine, la cosa cambiaba. Aparte de ser eficaz, Legraine era discreto. Sabía bien que tenía las de ganar, porque Vila daría la rueda de prensa una vez acabado el caso.
Satisfecho ante cómo se presentaban las cosas, el teniente quiso saber algo más antes de despedirse del otro policía.
- ¿Qué opinión le merece uno de los chavales? Creo que se llama… Alejandro Sabatini.
Vila hizo memoria durante unos segundos.
- ¡Ah, el invitado por Elia Alcalá! Bien… ese chico resulta algo tímido, aunque habla con determinación, cuando se da el caso. Me parece que el pobre no tiene que ver nada con el asunto. Es El Hombre Que No Sabía Nada, no sé si me entiende…
- Efectivamente, Vila. –Respondió Legraine, con un sonrisa- Sé lo que quiere decir.

Después de despedirse de su compañero en Motril, el tío de René se puso manos a la obra. Él ya estaba acostumbrado a ese tipo de papeleo. Rápidamente se hizo con la orden de registro, para efectuarla esa misma tarde, en el domicilio de los Zazo, en el interior de la habitación de su hijo Oscar